La fiesta en paz

Luis XIV de Francia luciendo todos los atributos de su incuestionable masculinidad: ropaje, peluca, maquillaje, medias, tacones, postura... y espada.


 

Tuve la suerte de conocer a Finito allá por la década de los setenta del siglo pasado. Por si a alguien le cuesta recordarlo, aquellos eran los últimos años de un milenio que ya se ha colado también por el desagüe de la vida, ese tortuoso tubo que, lo diga Agamenón o su porquero, nadie sabe adónde coño va a parar, y eso en el caso de que vaya hacia algún sitio.

Finito, que nació y vivió en Pravia, no se llamaba Finito, sino Ángel. Es de suponer que porque así lo quiso su padre, José del Río, o su madre, Leocadia Suárez, o ambos, si fue el caso que, allá por 1930, la pareja alcanzó un acuerdo en algo tan esencial como es el ponerle a un hijo el nombre que, antes o después, acabará escrito en su lápida.

Total, que los pravianos no llamaban a Angel del Río Suárez por su nombre. ¿Maldad? ¡Qué va! Mucho más sencillo: Al parecer, a su madre, la señora Leocadia, la apodaban la Finita por ser hembra muy enjuta, no sabemos si debido a causas genéticas o a la escasez de muquición (palabra caló que se parece mucho a ‘munición’, lo cual demuestra que el diccionario de la RAE tiene bastante mala leche hablando de manduca). O sea, que Finita parió a Finito, como es de cajón.

Finito no era un chiquillo como los demás. Desde muy jovencito, mientras pateaba arriba y abajo la pravianísima calle de San Antonio, ya soñaba con que aquel suelo que pisaba no era asfalto, sino la madera noble de un escenario de tronío, y que, aunque los demás oían a Finito vocear las cabeceras de la prensa de la época, en realidad era el gran Angelín de Triana quien pasaba cantando la Carmen de España de un modo que ya quisiera para sí la mismísima Juanita Reina.

Nunca tuve la suerte de ver actuar al cupletista Angelín de Triana. Mucho menos se me presentó la ocasión de observarlo en la intimidad. Por eso me tomo aquí la licencia de imaginarlo en su salsa, quizá vestido de gitana delante de un espejo ribeteado de bombillas blancas como la luna lunera, con el abanico y los crótalos mirando extasiados desde la mesa como se pintaba grandes soles de atardecida en las mejillas, y se perfilaba los labios de carmín con la precisión de un delineante. Así lo imagino ahora, solo (o sola), soñando sus sueños imposibles, tarareando para sí mismo (o para sí misma) los melismas de otra copla cualquiera, puede que los Ojos verdes de la Piquer, mientras él (o ella) termina de enmarcar los suyos de negro abisal. Así veo ahora mismo a Angelín de Triana: Solo (o sola), en su salsa, sin hacerle daño a nadie.

Alguien se preguntará, y con razón, a qué viene aquí el recordar ahora a Ángel del Río Suárez, Finito, Angelín de Triana. Pues la verdad es que, antes que de él (o de ella), me vinieron a la cabeza gentes más ilustres. Juana de Arco, por ejemplo, quemada en la hoguera, entre otras cosas, por vestirse de hombre. Y la Chevaliere d’Éon, espía transgénero que se hartó de soportar las burlas de sus contemporáneos. Y Oscar Wilde, que sufrió la pena de trabajos forzados por su condición de homosexual. Lo mismo que de Alan Turing, uno de los padres de la computación, que en el siglo XIX fue sometido a la castración química por idéntico motivo que su paisano escritor. De estos y de muchos más me acordé antes que de el (o la) artista de Pravia. Incluso de Marco Aurelio Antonino Augusto, el emperador romano Elagábalo, que dicen que se vestía de mujer, se maquillaba, se depilaba y exigía que lo trataran como a una señora, e incluso dicen que, nada menos que en el siglo tercero (!), quiso someterse a cirugía para cambiar de sexo (¡en el siglo III!). Los machos de la guardia pretoriana lo asesinaron cuando tenía dieciocho abriles.

Pues eso, que de todas esas personas y de muchas más me acordé antes que del Angelín de Triana (paisano, humilde, querido en su pueblo, por eso lo escojo a él) que, quién sabe, tal vez quisiera ser Angelina, cuando leí la noticia, para mí terrible: «El Tribunal Supremo británico limita la definición legal de mujer al sexo biológico». Es decir que, alcanzado ya el primer cuarto del siglo XXI, el ser humano, ese que con tanta soberbia se autodenomina ‘Homo sapiens avanzado’, sigue utilizando las leyes como herramienta de opresión moral e ideológica contra quien osa desafiar las normas heteronormativas o binaristas, el desacuerdo con la sexualidad o identidad de género socialmente impuesta. ¿Para qué? Para reeducar, corregir o, directamente, intentar eliminar la disidencia con el orden tradicional. Para ponerle puertas al campo a costa del sufrimiento de tanta gente inocente.

Hoy planeamos viajes a Marte, e incluso esperamos que ,un día no muy lejano, la ciencia venza definitivamente a la muerte. Con lo bonito que sería que todos los Finitos y las Finitas, los Angelinos y las Angelinas de Triana, tuvieran la fiesta en paz.




0 comentarios: